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Año 5 d. K.
21 de marzo de 2011

Los medios de comunicación nos han acostumbrado a convivir con los desastres. Normalmente nos solemos centrar en los dramas humanos y las grandes historias de heroísmo. Hace falta más tiempo, un tiempo que los telediarios no tienen, para poder comprender exactamente qué ha pasado. Porque en muchos casos no todo se explica a través de un simple azote de la naturaleza.

Hace más de cinco años y medio, en agosto de 2005, Nueva Orleans ocupó la atención de la prensa mundial cuando uno de los muchos huracanes que cada año transitan por aquella zona cayó con toda su furia sobre la ciudad. El Katrina. Nueva Orleans fue prácticamente borrada de la faz de la tierra. Las aguas inundaron el 80% de la ciudad. Durante días vimos imágenes de gente que había perdido todo, escuchamos historias de violencia y de saqueos y leímos denuncias sobre la pasividad del gobierno. Al cabo de pocas semanas, pocos medios no locales seguían hablando de lo que pasó realmente. De nuevo, no había tiempo. Era necesario llenar la pantalla de historias dramáticas, muertos abandonados a la deriva y vivos que rogaban que les rescatasen de los techos de sus casas. Pero tras el desastre del Katrina se escondía mucho más de lo que se contó aquellos días.

No voy a profundizar mucho porque hay material más que de sobra para ello en Internet. Pero sí hay que subrayar unas cuantas cosas que quizás no todo el mundo conozca. En primer lugar, el Katrina no llegó a Nueva Orleans, sino que cayó a 80 kilómetros hacia el este, en la costa del Golfo del Mississippi. Nueva Orleans se inundó porque se rompieron los diques que la protegían. El agua no sobrepasó el nivel de los diques, sino que simplemente estos cedieron. Es decir, lo que nunca deben hacer. Y no se rompieron porque la fuerza de las aguas fuese mucho más fuerte de lo normal para un huracán, sino porque estaban en mal estado. En otras palabras, no fue un desastre natural, sino una catástrofe causada por la negligencia humana. Nueva Orleans se inundó un día soleada, cuando la tormenta había cesado.

Además, Nueva Orleans no fue el escenario de violencia apocalíptica que muchos medios de comunicación describieron. Por un lado, algunos miembros de la policía han admitido haber difundido informaciones falsas para atraer la atención del país en un momento en que sentían que les había dado la espalda. Por otro, la inundación hizo realidad las peores pesadillas de la clase media americana. Habían alcanzado un equilibrio bastante tolerable: los pobres vivían apartados en sus barrios, mientras que el resto se puede permitir vivir en zonas tranquilas donde la criminalidad aparece sólo en los telediarios. Una segregación relativamente conseguida. Y de repente llega el Katrina y alborota todo. Los pobres salen de sus guetos, ante lo cual la clase media blanca se sintió más o menos como cuando en las películas de terror los zombies salen de sus tumbas. El hecho de que la gran mayoría de esos pobres no fuesen violentos y que los criminales estuviese tan asustados como ellos no lo pensó nadie y se desató el pánico ante una posible anarquía en una ciudad que vive atenazada por el terror como Nueva Orleans.

Tras el otro gran causante de los devastadores efectos del Katrina se esconde asimismo la mano del hombre. La destrucción del delta del Mississippi. La enorme extensión de humedales que se desarrolla en el último tramo de su curso ha servido como protección tanto para Nueva Orleans como para el sur de Louisiana ante los huracanas. Además, hacía que el reflujo del agua del mar durante un huracán fuese mucho menor. Sin embargo, los planes para controlar el Mississippi (diques, cauces controlados, drenajes) han provocado la radical disminución en los sedimentos que transporta, esenciales para la formación de humedales, que desaparecen a un ritmo de un campo de fútbol cada 40 minutos. Sin ellos, y desde luego catástrofes como el reciente vertido de petróleo de la BP en el Golfo de México no ayudan, Nueva Orleans es cada vez más vulnerable ante los huracanes.

El Katrina se ha incorporado a la nutrida lista de estereotipos de la ciudad. Uno de los autobuses turísticos más exitosos hace un recorrido por las zonas más castigadas por las inundaciones. Conforme uno se adentra en zonas más humildes se aprecian las hileras de casas abandonadas. Hoy día, la reconstrucción depende principalmente de las posibilidades económicas de los habitantes. Vuelve quien puede permitírselo. Resulta evidente el contraste entre las dos zonas más castigadas, Lakeview y Lower Ninth Ward. La primera es un barrio rico donde no se diría que hace cinco años y medio se produjo un nivel tal de devastación, mientras que la segunda es una zona pobre al cual ha vuelto menos del 20% de sus vecinos. Lower Ninth Ward se ha convertido en una zona rural, con algunas casas aquí y allá, un barrio fantasma.



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