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La vocación del secundario
18 de marzo de 2011

Cada domingo una fiesta tomas las calles de Nueva Orleans. Se llaman secondlines y consisten ni más ni menos que en un desfile que serpentea por un determinado barrio al ritmo de una o más brass bands. Sólo que el desfile no lo protagoniza ninguna carroza ni un grupo de gente disfrazada o de músicos. Los protagonistas son la gente que lo sigue (literalmente).

Ya de por sí el nombre es bastante elocuente. Secondline. Segunda línea. Es decir, quienes van detrás de la primera línea compuesta por algunos miembros del club que organiza el desfile. Pero el evento ha sido bautizado en función de los que van detrás, que suele ser la banda y una masa informe de gente que puede ser del barrio o no, simples curiosos o personas que se cruzan con el desfile.

Si en 2010 aún se discute (sin solución aparente) en los EE.UU. sobre la obligatoriedad de que el Estado proporcione una cobertura sanitaria mínima a todos sus ciudadanos, imaginemos cómo era la situación en los barrios pobres (o desfavorecidos, como si lo normal en este país fuese ser favorecido) afroamericanos durante los siglos XIX y XX. Como respuesta, surgieron en Nueva Orleans dos tipos de organismos, los Social Aid y los Pleasure Clubs. Los primeros se encargaban de proteger a sus miembros en caso de problemas (con gran atención a los funerales – siempre me resultará llamativa la importancia que reviste para las clases populares tener un sitio donde pasar la eternidad y que el paso hacia ella, o sea el funeral, sea lo más digno posible), mientras que los segundos se ocupaban de amenizar la existencia de sus miembros. (La paridad entre ambas necesidades es bastante claro sobre cómo se distribuyen las prioridades en esta ciudad. Divertirse es tan importante como poder ir al médico.)

En un momento dado ambos organismos comenzaron a unirse, dando lugar a las Social and Pleasure Clubs, que siguen existiendo hoy día y con no poca importancia. Y, como parte del esparcimiento, cada domingo uno de ellos organiza una secondline, que durante aproximadamente cuatro horas sigue un itinerario que suele terminar en la sede social del club. Todo lo que ocurre entre el inicio y el final de la secondline es un compendio perfecto de lo que significa Nueva Orleans. La secondline la organiza un club para ofrecer algo gratuitamente a sus vecinos (entendiendo como vecinos todo aquel que se encuentre aquel día en Nueva Orleans). Es un lugar de encuentro de gente que vive en toda la ciudad, que se toma una cerveza o un bocadillo de salchicha picante y caminan juntos un rato (o, mejor dicho, secondlinean, es una cosa muy distinta: caminar es moverse sobre los pies, secondlinear implica un ritmo y un balanceo compartido por todos aquellos que siguen el desfile).

A través de la secondline, la gente toma las calles, se hace con la ciudad. En unos barrios donde la violencia campa a sus anchas, la importancia simbólica de una comunidad que reafirma su derecho a poder caminar libremente por sus calles es enorme. Pero sobre todo se trata de la afirmación del grupo por encima del individuo. Aunque todos quieren bailar mejor, tocar más alto o vestir mejor (o de modo más llamativo, digámoslo de ese modo), esas ganas de destacar se canalizan por la colectividad.

(De hecho, una de las razones en mi opinión por las cuales Nueva Orleans nunca ha tenido una industria musical ni siquiera lejanamente comparable a la cantidad y calidad de música que histórica y actualmente destila la ciudad es que, con notables excepciones, es sobre todo colectiva y poco dada a los grandes nombres, esenciales para lograr un gran éxito comercial. Otra es que la música en Nueva Orleans no es (sólo) una forma de entretenimiento, forma parte del tejido cultural y social de su población. Está hecha para experimentarla en vivo, no para reproducirla en un disco en tu cuarto.)

Conforme avanza la jornada, el calor aprieta (incluso en marzo) y la cerveza empieza a hacer efecto, los cuerpos se desatan, la gente empieza a gritar y a bailar. Muchos, la gran mayoría, son afroamericanos y muchos de ellos pobres. Como dice el musicólogo Ned Sublette, en Nueva Orleans, como en otras áreas de la diáspora africana, el hecho de que se pasen cuatro horas bailando y cantando no significa que sean felices. Subraya sólo que su manera de vivir la vida les empuja a seguir adelante. Y nada mejor que un desfile para señalarlo.

No hay nada más contrario al ordenado estilo de vida americano que una secondline. Corta el tráfico. Acarrea incomodidades. Causa suciedad y ruido. En lugar de esconder a los pobres, les permite que tomen la calle. No tiene publicidad. En definitiva, no está en venta. En una época en que gentes de todo el mundo se apresuran a adoptar lo más posible el estilo de vida americano, resulta singular la decisión con la cual este pueblo afirma su estilo de vida. Y todo ello simplemente haciendo lo que siempre han hecho como si fuese la última vez.

(Y, teniendo en cuenta la precaria situación de Nueva Orleans - rodeada de diques ineficientes, con un sistema de alcantarillado nulo, en una zona donde cada año llegan varios huracanes y un entorno natural (los pantanos de la desembocadura del Mississippi, protección natural contra los huracanes) que mengua a razón de un estadio de fútbol cada 40 minutos, algún día una secondline será realmente la última.)



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