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All On A Mardi Gras Day
11 de marzo de 2011

Pues bien, ya ha pasado Mardi Gras (hace un par de días). La jornada que todos esperan, desde los ricos hasta los pobres, blancos, negros, latinos y mulatos, disfrazados o sin disfrazar, en familia o con los amigos. Mardi Gras es una ciudad, toda una ciudad, en fiesta.

Es imposible definir en qué consiste una fiesta como Mardi Gras porque en realidad son infinidad de fiestas que se celebran unas junto a las otras, se mezclan, se separan, brindan juntas, se marcan un baile y terminan perdiéndose de nuevo. Hay tantos Mardi Grases como personas. Desde las 6 de la mañana y hasta altas horas de la madrugada festejan sobre el mismo asfalto los estudiantes borrachuzos del French Quarter, los bohemios disfrazados de Marigny, los indios de Mardi Gras, los perroflautas armados con bongos de Bywater, las familias afroamericanas de Clairborne Avenue, los chicos y chicas de los projects que se agitan a ritmo de bounce, la madrugadora banda de los esqueletos y las miles de personas que tienen un poco de todo lo anterior. Mardi Gras es una convulsión de energía que se apodera de la ciudad y la transforma por un día en un paisaje surrealista, colorido, sonriente y exultante.

Además, es imposible explicar en qué consiste el Mardi Gras, sería necesario poseer varios clones y no es el caso. Mejor me voy a dedicar a completar la pata que quedaba de mi preámbulo sobre Mardi Gras, las tradiciones de la comunidad afroamericana, con las nuevas piezas que conseguí encajar durante el día.

Partamos de un hecho esencial, a diferencia de muchas otras formas culturales típicas de Nueva Orleans, como el jazz o el vudú, el carnaval no nace en el seno de la comunidad de color, pero esta la ha dotado de una serie de elementos que hoy día resultan fundamentales, algunas muy claras, como la música, junto a otras menos conocidas, como los indios de Mardi Gras o los esqueletos. Estos son los primeros en abrir las hostilidades, a las seis de la mañana. La Northside Skull & Bones Gang, disfrazada de esqueletos (un poco sui generis, eso sí), empieza a desfilar por Tremé despertando a la gente al grito de “Despertad, no lleguéis tarde. Es Mardi Gras. Hay que celebrarlo” (“Wake up, do not be late. It’s Mardi Gras. Go celebrate”). La celebración comienza.

Los indios de Mardi Gras son una de las tradiciones más antiguas de Nueva Orleans. Durante la esclavitud, algunos negros que conseguían escaparse eran acogidos por la tribus de indios nativos que vivían en la zona. Como agradecimiento y como reconocimiento del orgullos espíritu de estas comunidades, se crearon una serie de tribus en Nueva Orleans (hoy día son 38) que se caracterizan por sus coloridos vestidos repletos de plumas y sus cánticos, herencia directa de su pasado africano. Otra de sus características es su rechazo a seguir un itinerario marcado (y por tanto pedir permisos al ayuntamiento y esas cosas, lo cual les ha creado no poco problemas con la policía a lo largo de los años). Se mueven a su placer, por donde quieren, siguiendo un estricto patrón: el Spy Boy camina dos o tres manzanas por delante del Big Chief, para poder alertarlo sobre cualquier peligro. A continuación se sitúa el Wild Man, fácil de identificar por sus cuernos, que sería un poco el guardaespaldas del Chief. Y luego va éste junto con el resto de la tribu.

Todas estas precauciones, que hoy día sin más un ritual que otra cosa, hace algunos años eran más que necesarias, ya que si dos tribus se encontraban se desataba una batalla campal de aúpa (como curiosidad, una de las canciones más populares de Nueva Orleans, “Iko Iko”, describe precisamente el enfrentamiento entre dos tribus de indios - “My spy boy told your spy boy / I'm gonna set your tail on fire”). De hecho, se cuenta de una época en que la gente escapaba cuando veía que se acercaban los indios. Hoy día es más bien todo lo contrario, aunque al ser tan imprevisibles pasan bastante desapercibidos (a pesar del plumaje).

Pero a todo esto había algo que se me escapaba. Los esqueletos y los indios se movían sin que les siguiese casi nadie, sobre todo si les comparamos con las masas que siguen cada uno de los desfiles en Marigny o el French Quarter. Son tradiciones, residuos del pasado, esenciales por esta misma razón, pero que ya no parecen responder a los nuevos hábitos de la población afroamericana. De hecho, ahora que lo pensaba, ¿dónde se ha metido ese 65% de los habitantes de Nueva Orleans que es negro? Casi todas los espacios digamos tradicionales del carnaval son abrumadoramente de mayoría blanca.

No tardaría mucho en encontrarla. Mientras iba en bicicleta escuché a lo lejos una atronadora Brass Band. Conforme me acercaba los sonidos crecían y se comenzaba a sentir asimismo el murmullo de una multitud. Cuando llegué, me encontré con una muchedumbre tan abrumadoramente negra como blanca es la del French Quarter. Pero aquí no había disfraces, sino puestos de pollo frito. Familias enteras sentadas en sillas plegables junto a su coche. Bounce e hip hop brotando de cada coche. Al fondo, desde el escenario, Rebirth Brass Band se desgañita desde sus instrumentos. Simplemente, el pueblo afroamericano de Nueva Orleans se había desplazado al completo (más o menos) a este espacio. Sólo que no era un espacio cualquiera: se apiñaban bajo la autopista I-10 que pasa por encima de Claiborne Avenue y ha desquebrajado en dos Tremé. Hasta los años 60 era un parque de robles donde las familias hacían exactamente lo mismo que hoy día. Ha cambiado el escenario. Les han sustituido los árboles por columnas de cemento y toneladas de polución. Hay algo extraordinariamente fascinante y potente en esta protesta silenciosa (aunque rodeada de un sonido ensordecedor), en la fuerza de un pueblo y una tradición que quizás sin saberlo sabe que ese espacio es suyo y nada podrán hacer para quitárselo.



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