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Ese maldito virus
3 de marzo de 2011

En los años 20, un misterioso virus empezó a propagarse por la incauta población estadounidense. Su nombre era Jes' Grew y sus efectos eran ciertamente singulares. Los enfermos, en lugar de perder energías, se sentían más vivos que nunca, presos de una irrefrenable ansia de moverse rítmicamente, agitar sus brazos y gritar. A los ojos de los expertos, pocas infecciones habían supuesto un peligro tan grande para la sociedad en su conjunto. Había que erradicarlo.

No se conoce exactamente en qué momento nació el virus, pero sí se sabe a la perfección el lugar: la ciudad de Nueva Orleans. Su sociedad permisiva, promiscua, impura, festiva y mestiza fue el caldo de cultivo ideal para el desarrollo de este virus, que desde allí se preparaba para contaminar el resto de los Estados Unidos de América.

Este fue el planteamiento con que en 1972 el escritor afroamericano Ishmael Reed dio forma a la seminal novela “Mumbo Jumbo”. Y Jes' Grew no era ni más ni menos que el jazz, la frenética música negra, hijo bastardo concebido en América a partir de la esencia rítmica africana. Era la venganza de los esclavos. A través de ella conquistarían a sus opresores y les harían bailar a su ritmo.

Gracias a su capacidad de absorción y síntesis, hoy día el jazz es la suma de muchas cosas. Pero, cuando nació, el jazz era Nueva Orleans. Cada uno de sus barrios, cada una de sus razas y cada una de sus tradiciones aportaron un algo que, amalgamado por los ritmos africanos y su modo de interpretar la música (un rito, una comunidad, una catarsis), recibió el nombre de jazz.

Antes de que el jazz entrase en las academias y fuese fríamente estudiado y reproducido, servía para bailar, sudar y dejar los problemas atrás (o quizás buscar otros problemas). Dance your pain away. Esa esencia de vitalidad, intensidad y crudeza se ha reproducido bajo formas distintas, cambiando de piel y de sonoridad. Del jazz al bounce, pasando por el blues, el R&B, el funk y el hip hop, formas no todas ellas originarias de aquí. Ninguna ciudad consigue como Nueva Orleans representar de un modo tan natural la supervivencia de una intensidad (llámala enfermedad, llámala Jes' Grew) a través de estilos tan distintos.

Y ninguna lo consigue porque realmente lo que nació en Nueva Orleans no fue solo un estilo de música, sino una forma de expresión de una ciudad que es única en todo el mundo. Los estilos han sido transportados con éxito, como Chicago con el blues o Nueva York con el jazz, entre otros muchos, pero no siempre han sido infectados de Jes' Grew. Sin ello, simplemente no es Nueva Orleans.

Estás viendo a la Rebirth Brass Band, más o menos jóvenes, todos ellos vestidos con pantalones anchos y gorras de beisbol (hay algo intrínsecamente positivo en un tipo vestido de rapero que sabe tocar jazz). Y de repente, mientras todos bailan y las trompetas, trombones y saxofones, guiados por el sousafón, la caja y el bombo, añaden capas y capas de intensidad sonora, miras a tu alrededor y lo ves flotando. Han pasado los años y no han conseguido dar con el antídoto. Ese maldito Jes' Grew.



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