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La Disneylandia de los vicios
2 de marzo de 2011

La gente que viene a Nueva Orleans se divide entre aquellos a los que les gusta por Bourbon Street y aquellos a los que les gusta a pesar de Bourbon Street. Me incluyo con orgullo entre los segundos. Con matices, ya que hay que reconocer que su función la cumple a las mil maravillas.

En los días anteriores a Mardi Gras, Nueva Orleans se llena de forasteros de todo tipo. Desde que el Mississippi dejó de tener la importancia comercial de una época, el turismo se ha convertido en la principal fuente de ingresos y ocupación de la ciudad. Lógicamente, los turistas son necesarios, pero un poco estorban, como en todos lados. Anoche, unos amigos (o, más bien, conocidos) hablaban sobre ello y bromeaban diciendo que había que idear un sistema para que las hordas de visitantes llegasen, gastasen sus sestercios y se fuesen sin pisar mucho la ciudad. No se ha llegado hasta ese punto, pero esa bizarra hilera de casas coloniales llamada Bourbon Street sigue un poco esa línea. Un gueto para turistas en el que la gente local entra lo menos posible (excepto camareros, barmans y demás sufridores del sector de servicios) y de donde los turistas salen en contadísimas ocasiones.

Para ello, incluso se ha creado una cuidadosa campaña para concienciar a los turistas que es terriblemente peligroso salir del French Quarter. Para eso Nueva Orleans es la Murder Capital de los EE.UU (por cierto, aunque no viene al caso, la media de asesinatos de Nueva Orleans es de 52 por cada 100.000 habitantes. Con esa media, Madrid tendría 1.176 asesinatos cada año – en 2009 fueron 38).

La verdad es que un poco entiendo a la gente de aquí. Los turistas americanos que vienen a Nueva Orleans son bastante molestos, con sus gritos, sus bailes descoordinados y sus vomiteras. Será porque la sociedad de sus ciudades originarias son muy mojigatas, pero conforme llegan a la mucho más permisiva Nueva Orleans se desatan.

Nueva Orleans, que no por casualidad fue bautizada por Hollywood The Big Easy (el apelativo que más quema por estos lares), es la única ciudad de los EE.UU. donde es posible beber por la calle, fumar en los bares (que se lo digan al tipo ese de Marbella) y donde los bares tienen licencia para abrir 24 horas al día. Así que las 85 manzanas que componen el French Quarter (o Vieux Carré) y, sobre todo, Bourbon Street se han convertido en un grotesco parque temático del mal gusto (aunque como siempre es relativo), los malos olores, los neones y los vicios, aunque adecuadamente esterilizados para que tan sólo parezca un paseo por el lado salvaje de la ciudad.

Los vicios han sido desde siempre la especialidad de Nueva Orleans.
Como todas las ciudades portuarias, existía una amplísima demanda de sexo, drogas, alcohol y cualquier otra cosa dentro o fuera de la ley que se pueda imaginar. La imagen de esta ciudad se ha quedado anclada en el imaginario colectivo como puerto de entrada de todo lo caribeño y africano (oscuro, pasional y excesivo por naturaleza) y europeo (relativista y decadente). Una ciudad que además para colmo era profundamente mestiza, horror de los horrores para todo buen puritano protestante que se precie. Pero, como todos los horrores, con un poder de atracción brutal.

El turista quiere adentrarse en este túrbido universo eliminando riesgos. Quiere emborracharse bajo las farolas del French Quarter, asomarse al Mississippi y otear el Golfo de México, ligar con el/la primer/a desconocido/a que pasa, escuchar la música del diablo y presenciar algún que otro rito vudú. Todo ello con la posibilidad de hacerse fotos que mostrar de vuelta a la Springfield de turno.

Bienvenidos a la Disneylandia de los Vicios.



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