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Racismo sottovoce y paseos virtuales por el gueto
23 de febrero de 2011

Desde fuera (y al parecer también desde dentro) de los EE.UU. parecía que la elección de Barack Obama como presidente había puesto punto y final a uno de los conflictos internos más lacerantes del país: el odio racial. Pues bien, y un cuerno. El abismo que separa blancos de negros, en un país que se vanagloria de su capacidad de integración, bordea lo surrealista. Más de uno se ha lavado la conciencia con la llegada del primer inquilino de color a la Casa Blanca.

Que Obama sea presidente, como que sean negros los deportistas o músicos más populares (y hablamos posiblemente de las dos categorías de personas más populares en todos lo sentidos), lo único que demuestra es que los americanos, y con ello me refiero especialmente a los blancos, adoran a los negros. Les encanta cómo hablan, cómo se visten, el ritmo que tienen, cómo corren y saltan. La influencia negra en la cultura estadounidense, para ser más o menos un 10% de la población total, roza el monopolio. Pero no los quieren cerca. Una cosa es verlos por la tele y otra muy distinta es que paseen por tu calle, con sus pantalones caídos, sus camisetas blancas y su hip hop a todo trapo. Eso les sigue dando mucho canguelo.

Quizás el ejemplo más claro sea el hip hop. Desde hace unos años, más o menos desde la aparición del llamado gangsta rap, que exalta la vida del ghetto, la violencia y demás lindezas, ha entrado de lleno en el mainstream y se ha comido literalmente el mercado. Algo que obviamente no se puede hacer sin el público blanco. Y lo más curioso es que, para lograrlo, no ha seguido el camino más recurrente de endulzar textos, sino más bien todo lo contrario: vender un billete (de ida y vuelta, claro) a los infiernos del ghetto negro sin salir de la seguridad de casa, algo que Michel Stephens llama Virtual Slumming”.

Pero todo ello no explica la distancia sideral que separa blancos y negros en EE.UU. Dos comunidades que conviven separadas por una brutal desconfianza mutua. Y lo más curioso es que todo ello se desarrolla en el más perfecto de los silencios. Se evita por completo afrontar el tema, por miedo a parecer racista. Ahora que estoy buscando una habitación para alquilar, es divertido ver los saltos mortales que tienen que dar mis interlocutores (blancos) para decirme, sin decirlo explíticamente, que una zona es segura o no porque hay muchos o pocos negros. Los inmigrantes suelen ser más claros. Ayer, un taxista paquistaní me decía: “Esta zona es muy mala, está llena de negros. Los negros están todos locos”. Se ve que no le importaba parecer racista.

Este problema viene de lejos y desde luego ni está solucionado ni parece que vaya a hacerlo en breve. El resultado es una población blanca que se esconde cada vez más en zonas residenciales con perro, vallas eléctricas y seguridad privada, una población negra pobre que vive (y se mata entre sí) en el guetto y una población negra de clase media que intenta vivir como los blancos, a los cuales aseguran que el odio racial ya no existe, ya que se consideran los portavoces de toda su comunidad. Pues vale.

Ayer leía la historia de un policía de Nueva Orleans que había investigado el asesinato de un joven. Le dispararon a quemarropa veinte balas, en el pabellón de su colegio, delante de otros 150 chicos. Con 150 testigos, no debe de ser difícil dar con los culpables. Sin embargo, cuando fueron casa por casa para recoger información, se toparon con un gran silencio. “Me siento como los Marines en Iraq. La gente de estos barrios no nos quiere. No hablan nuestra lengua”.



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